
Lo más fascinante de llegar a un lugar es descubrir la historia de su gente. Durante un buen tiempo he tenido la afición de leer biografías de misioneros, de hombres y mujeres que sufrieron por el evangelio, estas historias son tan desafiantes y alentadoras, y a veces me pregunto que sentiría estar delante de Livingstone, Jim Elliot, o Hudson Taylor- Creo que hoy lo supe al conocer a una hermana, aqui en Milpuc, su nombre es Cilia Portocarrero, y quiero contarles su testimonio.
Cilia nos contó que el evangelio llegó hace treinta años a Milpuc, empezaron a reunirse en diferentes casas, al comienzo la gente venía por curiosidad, y conforme fueron creciendo en numero, los católicos empezaron a hostigarlos; tiraban piedras a las casas donde se reunían, incluso una vez intentaron prenderle fuego a la casa, esto aquí es bien facil porque los techos son de paja. Luego de un tiempo, construyeron el templo, y las cosas empeoraron. Para este momento sólo habían cuatro mujeres en la congregación, y el pastor.
Los católicos les cerraban las puertas por fuera mientras ellos oraban, para que tuvieran que pasar la noche allí con sus hijos. Esto no las desanimó pues aún así seguían reuniéndose para orar. Cuando regresaban a sus casas, sus maridos ebrios las golpeaban, o no las dejaban entrar a la casa, y tenían que dormir en las puertas de sus casas con sus hijos.
Nos contó acerca del hermano Victor Gonzáles, quien es actualmente el pastor en la iglesia de Rodriguez de Mendoza. Victor tiene sólo nueve dedos, el dedo que le falta lo perdió por ir a predicar a la zona de “Jalca” (a dos horas de la ciudad de Chachapoyas) Mientras estaban en pleno culto entraron un grupo de católicos a la iglesia y empezaron a golpear al pastor y al misionero que trajo la Palabra de Dios (un alemán llamado Federico), los hincaban con "gatopas" (agujas largas) y les lanzaron las bancas, fue en este ataque que el pastor Victor perdió el dedo. Luego los encerraron en la choza donde se reunían para prenderles fuego, pero el fósforo no prendía, durante estos intentos de prenderlo llegó el juez de paz del pueblo, y les ahuyentó. En este momento aprovecharon los hermanos para huir al monte. Al misionero alemán lo disfrazaron de oriundo del lugar, le pusieron poncho y chullos para que pudiera salir (¿les parece conocida la historia?), y así el misionero escapó a la ciudad, pero no desistió de predicar, sólo que ahora tenía su base en la ciudad, y ya no se quedaba en los pueblos.
Nuestro país esconde muchas historias dignas de contarse, testimonios que deben ser escuchados para calentar nuestro frio corazón. Estos hombres y mujeres anónimos para nosotros, serán los primeros invitados a las bodas del Cordero, el dia en que reciban sus coronas de las propias manos de su Amado Señor.
Lo que siento al escuchar estas historias es un poco de verguenza, por hacer tan poco, y mucho respeto por cristianos que desafían mi fe, y mi devoción a Cristo.
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